domingo, 7 de octubre de 2018

Abuelita, dime tú


Briamel González Zambrano

Juana Valderrey, mi abuela, hubiera cumplido 100 años en mayo pasado. Se fue de este mundo cuando tenía 94, ciega y con su cabeza lúcida hasta el final. Nació en los tiempos de la dictadura de Juan Vicente Gómez y murió cuando aún Chávez estaba en el poder.  Su tren de viaje fue de 1918 a 2012.

Desde que yo era pequeña le preguntaba cosas que nadie más le consultaba. Sobre mi abuelo (a quien no conocí), sobre Gómez, sobre Marcos Pérez Jiménez y cómo era vivir en tiempos dictatoriales. Ella alzaba la mirada, se tapaba la boca, se ponía remolona.

.- "¡De eso no se habla! ¡Eso ya pasó! ¿Para qué quieres saber?".
Y yo:
.- "¡Abuela porque me quiero imaginar cómo era todo , vivir sin teléfono, sin televisión. Cómo fueron esas épocas tan diferentes. Si es verdad lo que cuentan en los libros!".
Ella decía:
.- “No, no quieres ni imaginar eso, mija”.

Con los años, me fue respondiendo poco a poco, a trompicones. 

Me contaba que vivía con las puertas de las casas abiertas porque no había delincuencia, aunque sí mucho miedo. Que nunca le gustaron los uniformes militares porque le repartían el susto por el cuerpo. Bajaba muchísimo la voz para decirme que los horrores que decían sobre la "Seguridad Nacional" (la policía política de la dictadura perejimenizta) eran ciertos, eran peores.

.- "Hay cosas de las que jamás se contarán porque quienes las vivieron desean enterrar todo para siempre, para poder seguir adelante”, decía susurrante.

Paraba de hablar. Se cerraba del todo. Yo la dejaba sola en su habitación. Volvíamos sobre el tema cualquier día que yo insistía.

Mi padre se quedaba asombrado de que ella me contara esas historias que le rasgaban el pecho y la garganta, esos momentos de las que nunca habló con él, su único hijo. Yo le decía de broma: “Es que yo soy nieta favorita”. Él me respondía que no sabía si eso le hacía bien a Juana, que no fuera tan persistente.

Así pasamos años mi abuela y yo conversando. Cuando me hice periodista empecé a grabar  nuestras charlas y siempre me decía en algún punto de la plática: “Apaga el aparato un momentico que esto que te voy a decir no lo puedes poner, apaga, pues”. Como si ella supiera que algún día escribiría sobre todo aquello.

Un día me dijo: "Si yo no hubiera nacido en 1918, si yo no hubiera sido tan pobre, a mí me hubiera gustado ser como tú. Escribir y decirle a los políticos en su propia cara que no sirven para nada. Ay, si yo hubiera podido..." Entonces entendí por qué me contaba todo. Para que yo fuese su portavoz. 

Les cuento toda infidencia familiar porque en septiembre pasado se cumplieron 6 años de su partida y he pensado mucho en ella. Les cuento porque  la semana pasada algo me estremeció. En el capítulo de la serie española “Cuéntame cómo pasó”, Carlos, el protagonista, rememora cómo le preguntaba a su abuela Herminia por la Guerra Civil (1936-1939) y cómo se vivió en su pueblo, a quienes habían matado, cómo lo había vivido. La abuela Herminia, como mi Juana, se negaba a decir nada. Alegaba que no recordaba, que eso era tiempo pasado y olvidado. Sin embargo, Carlos es escritor y quiere hacer una novela sobre su abuela. La doña cedió y contó las dificultades vividas, el frío, el hambre, las muertes. También omitió algunos secretos inconfesables.

Al terminar aquel capítulo lloré pensando en mi abuela. Me reí de su terquedad, de sus arepas de muñequitos que me hacía para que yo comiera. Recordé mucho nuestras charlas. Eché mucho de menos abrazarla y decirle, como siempre lo hacía, aquella estrofa de la canción de Heidi: “Abuelita, dime tú”.










miércoles, 27 de junio de 2018

La Rorra en el teclado: 5 años hablando de migración venezolana en España

            Nostalgia (del griego clásico nóstos "regreso al hogar" y álgos "dolor") . 
Pena de verse ausente de la patriade los deudos o amigos.


Briamel González Zambrano

Hace justo 5 años empecé a escribir esta bitácora. Lo hice para saciar mis recurrentes ansias de darle al teclado. Comencé sin saber muy bien si sería constante y si el contenido le interesaría a alguien. Aquí he hablado de qué significa que se vayan tus amigos del país, de cómo armas tu maleta y te vas tú también, de cómo digieres la muerte de tus seres queridos estando lejos, de lo lindo que es conocer y adaptarse al país destino, en mi caso, a España. 

Les conté la cantidad de visitas de paisanos que recibes en tu sofá, los encargos que te hacen cuando alguien sabe que viajes a Venezuela, donde están los restaurantes venezolanos en Madrid. Les dije además cómo se transforma el pensamiento del migrante, cómo cambiamos nuestra manera de vestir, nuestro vocabulario y también de ver el mundo. Para el blog también entrevisté a Daniela Páez, Patricia Cardozo, Ariana Arteaga Quintero, Michelle Roche. (No me había dado cuenta, pero ahora voy a por las entrevistas de los chicos).

Me hace gracia pensar que este blog es ya una niñita de cinco años que se pasea por sus pantallas para contarles aventuras de inmigrantes venezolanos en España. Me la imagino como una pequeña testadura que insiste en que hagas clicks porque , si hay suerte, los pocos párrafos que contienen cada post te harán pensar, reír o enfurecerte. Una  niña migrante, negrita, que se queja del calor, que quiere playa siempre, que se enfada con los políticos y se ríe con los amigos. 

Quiero agradecer a los lectores que han pasado por alguno de los 100 post, a aquellos que me dejan sus opiniones por aquí, a través de correos electrónicos o por la redes sociales. Es una linda recompensa leerlos a todos. Saber que hay alguien al otro lado. Alguien que asiente, que está en desacuerdo o que me dice que faltó algo que añadir en el post. ¡GRACIAS MILES A TOD@S!


Para celebrar estos 5 años, les dejo la lista de los 5 post más leídos del blog. Vayan y lean. Yo lo pongo por aquí, con cariño siempre. 


1.-Irse y volver (Aquí cuento la primera vez que volví a de vacaciones a Venezuela)

2.- Explicar el país. Lo que dije cuando asesinaron a  la actriz Mónica Spear



5.- Los retornados. (Hablo de los españoles que vivieron en Venezuela y vuelven a su patria). 



¡Gracias por estos cinco años de La Rorra en el teclado! 









viernes, 8 de junio de 2018

Test de nacionalidad venezolana


Briamel González Zambrano

Desde hace unos años se implementó una ley en España que incluye la realización de un examen tipo test entre los requisitos obligatorios para obtener la nacionalidad española. En la prueba hay preguntas sobre geografía, costumbres del país, las fiestas, los idiomas que se hablan, política, arte y cultura general.

Hice el examen en 2016 y recuerdo que cuando repasaba las preguntas, interrogaba a mis compañeros de trabajo. A ellos les parecía alucinante porque había muchas respuestas que desconocían. Una decía siempre: "Bria aprobará y yo, que soy de Madrid de toda la vida, no sacaré ni la mitad de la nota". Reíamos.

Les cuento esta anécdota porque noto que, de vez en cuando, se pone en tela de juicio la venezolanidad de quienes nos fuimos. Es algo recurrente e irritante. Sobre todo porque cada quien lleva y expresa a su país de una manera personal y como le apetece. No creo que nadie tenga la vara correcta para medir eso.

Cuando migras, puede cambiar tu acento, pueden cambiar las palabras que usas, tu habla cotidiana. Cambia (casi seguro) tu forma de vestir si te vas a un país con estaciones, cambia también tu percepción de casi todo.¿Y qué con eso? Al final, migrar es  también un viaje hacia ti mismo.

Resulta que esas transformaciones naturales y lógicas, no lo son tanto para cierta gente. Entonces es cuando escucho burlitas, chistes  o tonos socarrones si alguien celebra Halloween , el 4 de Julio o  el Día de Acción de Gracias  en Estados Unidos, o el Día de Muertos en México, o el Carnaval en Río, o las Fiestas del Pilar en España. La mayoría de quienes hemos llegado a un país nuevo queremos (y debemos) aprender de esas costumbres que nos son ajenas, comprenderlas, estudiarlas y adaptar a nuestra vida aquellas que nos gusten.

No tiene nada de malo participar. Vives en esa nueva sociedad y quieres formar parte de ella. Esto parece una perogrullada, pero hay que aclararlo a quienes piensan que dejas de ser venezolano por conjugar los verbos de otra manera, por vestir distinto, comer otras cosas y por analizar de forma crítica lo que pasa en Venezuela.

No hay que tener  una camiseta de la Vinotinto, ni escuchar cada día a Simón Díaz, no hay que hablar caraqueño rajao, ni bailar joropo para saber y sentir de dónde vienes. Cada uno es venezolano a su manera y ese es su derecho.

Creo que por mi fenotipo, nunca pararán de preguntarme de dónde soy y lo diré siempre: De Puerto Ordaz, estado Bolivar, Venezuela. Ahora España es mi casa y me gusta, la quiero y la respeto. No es incompatible. Lo incomprensible es que haya quien no lo entienda.




lunes, 30 de abril de 2018

Secuelas del miedo

                                                                                             "Sin seguridad no hay libertad"


Briamel González Zambrano

Me gusta pensar que he ganado libertad desde que me fui de Venezuela, que ya no temo a las calles solitarias y oscuras. Es cierto. Voy con el móvil por la calle y en el metro. Camino sola de madrugada por la ciudad y uso el transporte público a cualquier hora. A veces, si me apetece, utilizo ciertas prendas y relojes que en Caracas no podía sacar ni del cofre. No tengo miedo de que me puedan matar de un balazo para quitarme las zapatillas de deporte. Las únicas armas que he visto desde que vivo aquí son las de los cuerpos de seguridad del Estado y de ciertos vigilantes (y reconozco que me quedo mirándolas). Todo eso es verdad.

Hay una parte de mí, sin embargo, que lleva  cincelados el miedo, el terror, la violencia. Es un pedacito pequeño, sí, pero ahí está. Es inquietante.

Cuando voy en el coche y veo un motorizado, temo. Si coincido con él en un semáforo y se mete las manos a los bolsillos, pienso que puede sacar un revólver. Me ha pasado ya dos veces. Luego me río, pero es un trauma, desde luego.  El instinto de supervivencia trabajado durante años nos late.

Si en el mismo semáforo alguien pide dinero o quiere limpiar la luna del coche, cierro los seguros y acelero si puedo.

Mi pareja me riñe porque no me gusta pasear de noche por los parques. Lo hago casi como terapia de choque, pero voy con un pelín de miedo. Y él va tan tranquilo y me repite que no va a pasar nada.

A veces abro mi bolso y lo ausculto buscando la billetera, quiero asegurarme de que sigue allí, que nadie se la ha llevado.

Cuando hay fuegos artificiales por alguna festividad, yo tiendo a pensar que pueden ser disparos. Es absurdo, pero en la capital venezolana el sonido de las balas era cotidiano para mí.

Una compañera de trabajo llamó a la oficina hace años para decir que le habían robado la cámara, que estaba en la policía poniendo la denuncia. Yo estaba recién llegada a Madrid y la increpé: "¿Estás bien? ¿Cuántos eran? ¿Arma blanca o de fuego? ¿Alguna herida? ¿Fuiste al hospital?". Todos se rieron. Ella solo tuvo un descuido en el metro y alguien se llevó el aparato. Yo ya me había hecho la película venezolana.

Les cuento todo esto porque esta semana vi a una compañera de aventuras periodísticas que lleva menos de un año en España. Me dijo que aún no se siente capaz de utilizar el teléfono en la calle, que camina viendo para los lados siempre, que a las 7 de la tarde está en casa, que en el metro también permanece atenta.

Yo le digo que se le pasará, que el tiempo hace su trabajo y que todo se olvida, aunque siento que no sea del todo cierto. Sin embargo, deseo que ella y todo el que migre aprenda a saborear la libertad y sepamos todos aplastar los traumas del miedo que nos sembró nuestro violento país. Que aprendamos a ser libres, a cuidarnos razonablemente porque en todos lados hay delincuencia.

Merecemos  vivir sin terror.

Y, desde luego, también deseo que la inseguridad desaparezca en Venezuela y deje de impregnarlo todo. Soy consciente de que esto tomará años.







jueves, 15 de marzo de 2018

Lo mejor de nosotros



Briamel González Zambrano

Nunca he soportado la viveza criolla venezolana. A ese que se cuela en la fila del banco, de un ministerio, al motorizado que se sube en la acera, al que no respeta los espacios públicos. A ese que trafica con papeles, con gestiones y con dinero público. A ese que le dice a un fiscal o a un policía: “¿Cómo hacemos para arreglar esto?” con el fin de evitar una multa o una detención y a sabiendas de que cometió una infracción. Al guardia de la alcabala  de carretera que te chantajea, mira tu automóvil y te dice: “Dame algo pal refresco”. A esos uniformados que están en el aeropuerto de Maiquetía como buitres hambrientos. Comentan: “¡Qué tablet tan bonita! ¿Y ese iphone es último modelo?”. Y el pasajero temblando antes de pasar los controles,  enfrentando  la posibilidad de tener que darle de gratis un bien que fue fruto de su esfuerzo.


 “Ese es tu problema”, me dijeron alguna vez cuando aún vivía en Venezuela: “No te quieres dar cuenta de que las cosas funcionan así aquí y punto. No vas a cambiar el mundo. Y así hemos vivido aquí y punto. Es una cuestión de supervivencia”.  A lo mejor aquella persona tenía razón. A lo mejor, en buena medida, por eso me fui.  Aquí en España la viveza tiene su versión propia llamada “La Picaresca”. Tampoco la aguanto, aunque es menos frecuente de lo que los propios españoles creen. Es ese que piensa que puede regatear en servicios que tienen un coste determinado, que trapichea con cosas menudas, que le encanta engañar a los organismos del Estado y  que disfruta si mete gato por liebre.


Ahora que somos millones de migrantes venezolanos por el mundo, no exportemos esa “viveza”. No repliquemos ese modelo que tanto daño nos ha hecho y que también nos heredó esta situación de debacle-país tan horrible. Escucho relatos de  estafas inmobiliarias, monetarias  o de franquicias cometidas por venezolanos y me entra ira. Desde luego, no son una mayoría, pero me gustaría no oírlas nunca más.  Por esto pido la mejor versión de nosotros mismos.


Seamos ciudadanos cumplidos y de bien. Seamos ese que ayuda, que hace su trabajo bien, que se le reconoce por su profesionalidad y su integración. Seamos ese con quien la gente empatiza cuando ocurre algo en Venezuela. Seamos ese que se interesa por la realidad social, histórica y política del país al que llegó. Seamos ese que trabaja con tesón para salir adelante sin dañar a otros, sin colarnos el fila, sin  creernos más que nadie.

Al hilo de esto que os pido encarecidamente, les quiero dejar dos vídeos. Uno realizado en Argentina por la periodista Nathalia Restrepo de Mundotkm con venezolanos que cuentan su historia. El otro es del taller “Hablando español de España” que dictamos junto con Voyaemigrar.com  hace una semana en Madrid. El primer vídeo muestra la fuerza de los migrantes y cómo atravesaron fronteras, cómo no les importan títulos porque lo que quieren es sobrevivir a la barbarie de la que huyeron. El segundo vídeo muestra a unos asistentes muy interesados en integrarse, en saber y comprender cómo se habla en España y cómo pueden adaptarse mejor, sin dejar de ser venezolanos.


Seamos eso, la mejor versión de nosotros mismos.
¡Gracias!


Venezolanos en Argentina. Por TKM Mundo





                    Venezolanos en el taller Hablando español de España en Madrid.
                        Organizado por Voyaemigrar.com y Briamel González

lunes, 26 de febrero de 2018

Fachadas



"No hay tierra como la tierra de tu infancia".Michael Powell
"La verdadera patria del hombre es la infancia". Rainer María Rilke.
"A veces me escribe la infancia/
una tarjeta postal
¿Te acuerdas?" 
Michael Krüger 


Briamel González Zambrano

El fin de semana me llegó al móvil la foto de la fachada de una casa. El remitente solo dijo en el grupo de amigos del colegio: "Quise compartirla con ustedes". No escribió nada más. Él sabía lo certero de aquel mensaje. Es la casa de su infancia. Ahora luce con maleza, las paredes desconchadas, cerrada, con la rejería descolocada, algo derruida, acusa abandono. Estoy segura de que a todos los destinatarios nos sorprendió verla así, como parte de una escena apocalíptica. 

Aquella quinta con nombre de fría ciudad italiana está en mi natal Puerto Ordaz, una de las urbes más calientes de Venezuela. Allí estuve en cumpleaños, barbacoas, viendo partidos de fútbol, estudiando con cuadernos, enciclopedias, diccionarios de Latín, con el libro amarillo de Historia Universal firmado por  Aureo Yépez Castillo, con el libro negro de Biología de Serafín Mazparrote y siempre sobre la mesa había vasos metálicos llenos de Nestea o de Toddy. Muy cerca un mueble con portarretratos con fotos de los hijos. Los padres  pasaban verificando que de verdad estábamos repasando. 

En una fracción de segundos recordé todo eso. Al padre italiano siempre de punta en blanco, con su acento y sonrisa muy marcados. A la madre guara de voz suave, solícita, cariñosa. Recordé el salón, los cuadros y que cuando estuve en Italia por primera vez pensé en aquella vivienda. También rememoré una llamada a mi móvil en plena madrugada hecha desde esa casa en el año 2001: "¡Soltaron al carajito, negra! ¡Lo soltaron! ¡Es libre!". Mi amigo me avisaba que habían liberado a su hermano pequeño, luego de un secuestro que tuvo en jaque a la policía  durante varios días. Aquello se resolvió porque la familia pagó el rescate sin decir nada a las autoridades, pese a que los tenían instalados en su hogar y con sus teléfonos intervenidos. 

Respondí al mensaje de la foto: "¡Qué recuerdos! ¿Quién vive allí ahora?". La respuesta de mi amigo Gianca (que vive en Panamá) fue: "Nadie. Mi familia la vendió hace años y quienes la compraron nunca han estado. La abandonaron". Entonces pensé en las casas del resto del grupo, en sus nombres con letras de bronce pegados a la pared principal, pensé en la de mis padres: La Gonzalera. 

Evoqué  también en esa sensación pesada de estar en el Ortiz de "Casas Muertas" que a veces da al volver al lugar de origen, después de años sin vivir allí.  Seguramente usted, estimado lector, puede hacer lo mismo. Cerrar los ojos y ver la casa donde creció, recordar cómo era, su ubicación, sus muebles y si todavía sigue en pie, si aún la visita o queda algún familiar viviendo en ella. Si la vendieron, pensará quien vivirá allí y si la disfruta y es feliz. Si está alquilada o vacía, a la espera de que en Venezuela haya un mercado inmobiliario razonable para venderla. 

Los sitios de la infancia no permanecen físicamente para siempre. Eso lo sabemos todos. Sin embargo, hay quienes sentimos que nos robaron la posibilidad de visitarlos cuando nos apetezca, de ver a los vecinos y algún imprudente te diga que has aumentado de peso o de que te vas a quedar para vestir santos, de pasear por los parques, de ver a las tías cada domingo, o de que los hijos crezcan con primos o padrinos cerca, de que esos niños sepan lo que es una mata de mango porque se subieron a ella y que visiten a los abuelos sin Skype de por medio. Eso nos lo arrebataron de cuajo a algunos. Siempre trato de no quejarme de ello, de agradecer donde estoy y la vida que tengo. Sin embargo, la foto de esta fachada me ha dejado tan pensativa que no pude evitar hacer esta reflexión. 

Ya no hay domingos familiares porque los hijos estamos en diferentes países o ciudades, ya no hay vecinos porque muchos también se han marchado, ya no hay parques porque toca encierro, porque la inseguridad mata y lo hace cada día. No hay: "Inventemos una parrilla este domingo que hay béisbol, fútbol, elecciones o porque ha nacido un bebé", porque comprar carne es casi de millonarios. Ya no hay visitas desde Caracas a Puerto Ordaz porque no quedan casi vuelos, ni repuestos para el coche, ni carreteras seguras. Ya no hay invitaciones para tomar café porque ese es un producto escaso, como el papel del baño, como  los medicamentos, los alimentos, las servilletas, como casi todo. Escribo esto y no desvelo nada. Todo es conocido, pero tenía que decirlo otra vez. Esa fachada, la de quinta Firenze, me habló, me dijo cosas, me llevó a lugares y por eso lo he querido contar. 

El periodista canario Juan Cruz dice que los seres humanos: "Somos nuestra infancia, lo primero que se aprende es lo último que se olvida, según se pierden los recuerdos uno se despide de sí mismo".  Así que conservemos nuestros recuerdos tanto como podamos. Que esta devastación tan horrorosa no nos los quite. 



Muchas de las casas en Venezuela están clausuradas o muy deterioradas por la situación actual del país.
Esta foto es en Puerto Ordaz. 

viernes, 19 de enero de 2018

Los que más crecen, los que más piden



Briamel González Zambrano

El diario ABC publicó esta semana una nota según la cual la comunidad venezolana es la colonia extranjera que más crece en Madrid. Estamos en casi todos los barrios, en todas las escalas sociales y ocupamos cargos en diversas industrias. Casualmente, en estos días estuve con una persona de Cáritas, la rama de la iglesia católica que trabaja con los más excluidos y  me dijo: "Los venezolanos son los extranjeros que más acuden a nuestras sedes para pedir comida, ropa y trabajo en España". Yo me quedé pensativa. Estuve cavilando sobre el tema, sobre este desembarco que no cesa, imaginando las caras que hay detrás de todos esos números: Mis paisanos. 

Retrocedí también a mi vida en mi natal Puerto Ordaz. Una ciudad planificada y repleta de inmigrantes. Allí crecí viendo cómo mis amigos, hijos de colombianos, se ayudaban con otros colombianos, lo mismo pasaba con españoles, portugueses, italianos, chilenos, peruanos, bolivianos, libaneses y griegos. La lista de las aulas de mi colegio era una retahíla de González, García y Pérez mezclados con apellidos venidos desde todas partes, a veces impronunciables . Los vi ayudarse, tener sus clubes, hermandades, celebrar las fiestas y hacer las recetas de los países de origen, mezclar su sangre y su vidas con venezolanos, crecer.


Ahora estamos nosotros los venezolanos en esta tesitura. Somos los que más crecemos en número y también los que más pedimos a la beneficencia. Es lógico. Se está huyendo. A la luz de lo acontecido esta semana, la violencia del gobierno aterroriza, espanta y hay quien sale corriendo con lo puesto. Tenemos un gobierno que asesina en directo, que involucra grupos paramilitares en operativos en los que trabajan los Cuerpos de Seguridad del Estado. Esto nadie lo explica. Una periodista pregunta qué ha pasado y llama a la reflexión en la tele y la echan de su trabajo, luego de 17 años de servicio. Aprovecho para presentar mis respetos para Alba Cecilia Mujica, una periodista que ha sido guía y formadora de varias generaciones. 


Hay semanas así. En que Venezuela es un aliento contenido, una herida con la carne enrojecida y que no se cierra. Es una metralla de acontecimientos desafortunados que te golpean. Mientras tanto, las cifras nos hablan por sí solas. Un país con un goteo indetenible de personas que huyen y otra parte de su población que resiste, que lucha, que sobrevive allí. Ambos grupos con el corazón en un puño, soñando que todo cambie, que todo mejore, que termine la pesadilla.