jueves, 27 de junio de 2013

Finalmente aquí...(a manera de presentación)

Lectores intangibles y al que se asome:

Ha costado, pero parece que he tomado el impulso (y ojalá la disciplina) para compartir en este diario todas las cosas que acumula mi PC,  para descargar la memoria ram de mi  maltratadito cerebro y para contarles las situaciones divertidas, insólitas, indignantes o simples con las que me suelo topar. Porque claro, la vida cotidiana  tiene su punto ¿no?

Aquí encontrarán  mini-crónicas urbanas, algún poema, mini-reseñas y las naderías que surjan. Serán temas constantes: Madrid. Venezuela. España. Caracas. Puerto Ordaz.  Periodismo. Diáspora. Algún viaje (hecho o deseado).Bailar. Amigos. (Todo así, separado por punto y seguido porque son un mundo por separado y un mundo revuelto en mi cabeza también). 

Siento que estoy llegando tarde a una fiesta. Estoy en twitter y facebook desde hace años y ponerse a hacer un blog, a estas alturas, es como entrar a recoger los vidrios de la parranda. No importa. Me la juego. Y a ver qué tal sale. 


Ya con el nombre del blog les he hecho la primera infidencia: soy La Rorra. Solo me dicen así mis amigos de la calle Venecia y mis prim@s. El mote se debe a que ronco desde que nací debido a mi sinusitis crónica. Sí, ronco y sueno como un helicóptero a punto de despegar. Ya sé que no es elegante, pero es la verdad verdadera.  Me cuentan que en la infancia el  ronquido era más discreto y sonaba:"ror, ror, ror". Así que por eso soy La Rorra


Para comenzar les dejo este poema del escritor colombiano Héctor Abad Faciolince. Pasen y leánlo con calma, como un ejercicio de relajación: 

Rutina:

Esa felicidad,
esa seguridad
de repetir los mismos gestos cada día.
Exprimir las naranjas,
preparar el café,
tostar las rebanadas
de pan,
untar la mermelada. 
Darle a la vida
el ciclo regular de los planetas,
acostarse a las once,
levantarse a las seis,
sentir que cae el agua
tibia, plácida,
encima de tus hombros,
usar siempre
el mismo jabón, el mismo champú,
la misma loción
–la que usaba tu padre–.
Protestar por lo malo
que se ha vuelto el periódico,
el de toda la vida, 
el pan de cada día,
y volver a comprarlo
con ese mismo asco resignado
de tener que cagar
una mañana sí y otra también.
Usar siempre los mismos
viejos zapatos que se parecen
más a ti que tus pies.
Vestirte
con el eterno azul
que te vuelve invisible,
felizmente invisible.
Sentir que tú eres tú,
que yo soy yo.
Ir a los mismos sitios,
comer las mismas cosas,
jueves fríjoles,
lunes pescado,
sábados arroz...
Visitar a tu hermana todos los veranos
y pensar que envejece,
pero decirle siempre que no cambia,
que no cambie.
Recordar a los muertos
en cada aniversario;
enviar tarjetas cursis
en cada cumpleaños.
Planear de nuevo el viaje
que nunca emprenderemos.
No poder soportar
que ya no haya tranvía,
que hayan movido
la parada del bus
a la otra manzana,
que hayan quebrado los ferrocarriles,
que nadie escriba cartas
y haya que adaptarse 
al correo electrónico,
tan vulgar, tan urgente,
la vida un permanente
telegrama.
Resistirse a llevar en el bolsillo
un teléfono,
detestar que el dinero
sea de plástico
y no de plata, de oro o tan siquiera 
de papel.
Que el mismo corte de pelo
te lo haga siempre el mismo peluquero,
que tengas siempre gripa por enero,
que el primero 
y el quince
llegue la quincena. 
Desayunar trancado,
almorzar abundante,
cenar poco,
quejarse de la gota, de la bilis,
de la memoria y de la digestión.
Creer que nunca sueñas.
Recordar ese chiste
de tu única esposa:
“Aquí se picha los viernes
estés vos o no estés vos”,
y hacer hasta lo imposible
cada viernes
por encaramarte en ella
con ganas o sin ganas
porque l’appetito vien mangiando
como dicen en Turín.
Negar que eres un soso,
un rutinario
con el verso aprendido de un amigo:
“La vida se soporta
tan doliente y tan corta
solamente por eso”.
Caminar por la calle ensimismado,
ausente de este mundo,
rumiando en tu cabeza
historias, frases, viajes, desventuras,
crímenes, adulterios, melodramas, incestos,
abortos, heroínas, traiciones, sacrificios,
saber que todo drama
está en tu calavera,
que la gran aventura
ocurre en las paredes de tu cráneo,
que nunca habrá más grande sensación
(orgías, drogas, sueños)
que aquello que imaginas.
Que la vida consiste en perdonarnos
las ofensas que hacemos,
los gestos que no hicimos,
los silencios cobardes,
los fingidos afectos,
las mentiras.
Y escribir cada día,
ganar la lotería
de al menos una frase
que nadie ha dicho nunca,
tener un pensamiento
que todos han tenido,
pero decirlo bien
con todas las vocales,
con todos los sonidos,
con todos los sentidos.
Lograr que la aventura de tu vida
esté en las páginas que escribes,
en los ojos que ahora
pulen un heptasílabo, 
quitan o ponen una coma, una tilde, un acento,
en los ojos que ahora se detienen
complacidos tal vez
o entretenidos
en un punto, este punto



2 comentarios:

  1. No sé cómo llegué aquí, pero me alegro de haber llegado. Es casi una constante que las mejores cosas de la vida llegan sin uno buscarlas. Y como de vez en cuando soy metódica, he decidido leerte desde el principio. Me ha hecho gracia tu apodo, había deducido erróneamente que por ser la hija menor te llamaban la rorra, no porque roncaras. Encantada de conocerte :)

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  2. Hola Dianora:
    Muchas gracias por tomarte el tiempo de sentarte a leer todo el blog. Espero que no te aburras. Son casi cinco años de relatos, historias y anécdotas. Ya me contarás qué te ha parecido todo.
    ¡Saludos!

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