jueves, 25 de julio de 2013

Caracas de lejos


   A mis  amigos caraqueños (los de nacimiento y los adoptivos)



Foto: Cheo Pacheco
Briamel González Zambrano

Cuando alguien me pregunta "¿Qué extrañas de Caracas?" respondo tajante: Nada. Luego aclaro: “A todos mis amigos que siguen ahí, a ellos sí, a ellos siempre”. En el fondo, echo de menos más de lo que confieso, pero los últimos meses que viví allí fueron muy duros: los trámites, notarias, cancillería, colas, cubrir protestas, horas en los bancos, cadivi, consulado, vender el coche, más colas, más trámites, la entrega de cosas materiales con las que no puedes cargar. Puff, el desapego. Si eso es lo primero que te trae tu memoria a la cabeza, por supuesto que solo quieres volver a ver a los panas y no a la “Sultana del Ávila”.



Ser reportero de ciudad regala momentos mágicos, únicos, privilegiados. Te da mil visiones sobre un mismo cuerpo urbano. Hablas con arquitectos, alcaldes, motorizados, emprendedores, líderes vecinales, creadores, cultores, prostitutas, veterinarios, enfermos, vigilantes de parques, jubilados, médicos, enfermeras, bomberos. Siempre tienen algo que contarte. Siempre la ciudad te arroja una historia.  Te la escupe desde el tráfico, en el metro, hablando en el supermercado.



Si me concentro y obvio aquel último trimestre de renuncias y despedidas,  entonces obtengo un recuerdo diferente, verde, colorido, también salpicado de desorden, anarquía, suciedad. Aparece una ciudad a la que le conocí las entrañas. Vi una flor hermosa y morada que desafió a la botánica y creció entre los escombros calcinados de Parque Central. “¡Mira esta poesía!”, me dijo el ingeniero. Recorrí con la Guardia Nacional todo El Ávila (fueron 6 horas en moto viendo espacios estupendos). Los atardeceres en la casa de La Tahona. El Jardín Botánico y la gente haciendo brujería ahí. Los pasadizos del Aula Magna de la UCV. El Teresa Carreño y mi hermana sobre el escenario cantando una ópera y mi madre hinchada de orgullo gritando: "Esa es mi hija, púyalo Gaby". El sonido de los coches en la autopista que se oía desde el apartamento en Colinas de Bello Monte. El pacheco de enero en la Ucab. El Café Piú. Tomar un chocolate en la plaza Altamira con Mirelis y sentarnos a reír,  la vista desde Alto Prado, desde Colinas de Vista Alegre, desde lo alto de Petare. La fulana pauta de ir a La Colonia Tovar. Las miles de historias que aprendí del Parque del Este , su flora y su fauna. Esos runners que me llamaban a cualquier hora para contarme novedades. El Parque Los Caobos. Todas las casas de Simón Bolívar. La avenida Principal de La Lagunita para ir los domingos y que a hacer ejercicios. El 23 de Enero. Caricuao y sus vecinos con la salsa vieja a todo volumen. Las buenas panaderías. Chacao y sus recovecos. El centro y sus maravillas masacradas y desconocidas. La casona de López Contreras en La Quebradita. El ojo se va maravillando, también se obstina y mucho, pero la belleza no se rinde, te busca, te encuentra, te jala del pelo y te dice: “Mírame, también soy Caracas”.

Seducen las historias, la manera hablar de las personas mayores , de esos caraqueños de toda la vida, esos que dicen “buenamoza” “zagaletones” y “ellos estaban de amores”.

También el recuerdo del sol moderado es una caricia. Cuando en Madrid  hay 8 grados bajo cero, cuando me tengo que poner tres tipos de medias, el pantalón, bufanda, guantes, botas, sombrero y un abrigo, pienso en el clima de Caracas. Me digo: “es perfecto”. Me cuentan que en estos años de mi ausencia se ha recalentado, que hace más calor. Soy de Puerto Ordaz, seguro que lo puedo aguantar con serenidad.


Caracas, como cumples años y ya van 446, chica sí te echo de menos,  pero no te lo creas mucho, mejor exige respeto a esos que dicen que te aman (pero que solo es en twitter). Diles que no sean como los maridos infieles y maltratadores o como los hijos parricidas. Diles que te quieran y que sea de verdad, verdad. 


6 comentarios:

  1. Como siempre muy bueno el post aunque esta vez echo de menos dos referencias fundamentales en un texto dedicado al ónomastico de la nueva (lamentablemente) bien llamada "ciudad de la furia": "Los Gloriosos Leones del Caracas", y aquel dominicano que todos nuestros abuelos adoraron sin parar: "el maestro Billo"

    ResponderEliminar
  2. Gracias, amore. Ya sabes que no sé nada de béisbol. La Billos me acompañó en muchas fiestas, pero no está en mi repertorio reporteril. Abrazo apretado.

    ResponderEliminar
  3. Te voy a contar que extraño de Caracas: los golfeados de Sabana Grande, si si, aunque soy zuliana, los golfeados me sedujeron, me iba cada vez que podía a comerlos, también extraño a los cafeceros en la calle, y las panaderías, quiero cocosette fresco y chocolate Savoy, del que sea, pero marca Savoy.

    Y lo siento pero yo soy de las gloriosas Águilas del Zulia y de Magallanes, los gatitos son muy llorones ;)

    ResponderEliminar
  4. de nuevo, muy muy bueno mi negra!

    ResponderEliminar
  5. Si la Sultana de El Avila tuviera ojos para leer, se sentiría orgullosa de lo bien que has descrito sus recodos y recovecos, tus vivencias como reportera de ciudad, en fin la vida en la capital venezolana. Felicitaciones Briamel.

    ResponderEliminar