jueves, 11 de julio de 2013

Sin pasaje de regreso


Briamel González Zambrano

“¿Devolverme a Europa? ¿Para qué? ¿Qué voy a hacer allá si soy un viejo? ¿Irme de un país que se cae para otro que tiene una crisis enorme? No, gracias. ¡Váyanse ustedes que están jóvenes y con fuerzas!  Yo ya me fui de ahí una vez. Ahora este es mi país”.  En muchos casos España, Italia, Portugal, Líbano, Siria (y un etcétera que no me atrevo a continuar)  son la casa materna, una fotografía sepia con una descripción por detrás, el primer idioma, la costa mediterránea o la atlántica, el primer amor…pero también implican el ácido recuerdo del hambre, del frío torturando los tuétanos o el calor abrasando la piel, de la orfandad, de la guerra, la inmunda guerra o de la dictadura.


 Los inmigrantes que llegaron a Venezuela ya se han acostumbrado al calor del Caribe, a tener quizá un apartamento o una acción en un club social de playa para ir cada fin de semana, encontrarse con sus paisanos y hablar de qué tal va la vida. Conservan una caja repleta de cartas y fotos, recuerdan el nombre del barco, el día en que lo abordaron  y la duración del viaje rumbo a un país desconocido, un país escrito en un papel y que sonaba a mujer y a promesa: Venezuela.  Recuerdan el sopor al bajar en un lugar llamado La Guaira. En una novela de Juan Carlos Méndez Guédez se dice que por llegar a esa costa varguense es que muchos europeos quedaron marcados, adoptaron a un deporte desconocido, el béisbol, y se hicieron seguidores de Los Tiburones, el equipo local al que son fieles aunque no haya ganado desde 1986.

Se saben diferentes. Por ese acento que nunca desapareció y que los venezolanos le imitan para vacilarlo (“¡Ese portu, qué dice! ¿Qué pasó gallego?¿Qué fue maquediche rigatoni? ¡Háblame Jabibi!”), porque le llaman musiú, por su piel, por las recetas que preparan su casa en navidad, por el equipo de fútbol al que le apuestan en  el Mundial,  pero también saben que esa tierra  donde viven les abrigó los sueños, a esa tierra le parieron los hijos, en ese lugar se partieron el lomo trabajando y vieron la prosperidad que prometía aquel papel arrugado en el bolsillo.

La historia reciente de Venezuela los ha puesto ahora en los aeropuertos despidiendo a sus hijos que se marchan al sitio de donde ellos llegaron o a otro. Los van a visitar, los buscan en navidades, pero ya. A esta altura y con tanto camino andado, no regresan al lugar de origen. Se niegan  incluso después de situaciones tan penosas e inefables como el secuestro propio, de los nietos, de algún familiar, atracos,  amenazas, pago de vacunas. Rechazan la idea de abandonar ese lugar, su lugar y eso en innegociable.

Hace unos años escribía un trabajo sobre la participación de los inmigrantes en unas elecciones venezolanas.Un señor gallego de La Candelaria me dijo: “A mí no me tocaba venir a Venezuela, mis hermanos y yo nos iríamos en un barco rumbo a la Argentina, pero yo llegué tarde al puerto. Ellos se fueron y yo me monté en el siguiente sin saber a dónde iba. Y aquí llegué, lo recuerdo clarito y nunca más me quise ir. Mi mujer murió en el año 7 (2007). Me quedé viudo a los 85 años. Tengo dos hijos que ya se fueron a España y me queda uno solo aquí. Pero ¿qué voy a hacer yo para allá? Los restos de mi esposa están aquí, mi ropa es la fresca y no la de abrigo. Este es el sol que quiero ver antes de morirme, quiero que me entierren aquí ¡Caramba! ¿Cómo no voy a ir a votar el domingo por el bien de este país, señorita?”. Aquello me arrugó el alma y  me dejó revuelta, no solo porque la historia es maravillosa sino porque ya yo tenía mi maleta casi lista para irme.

Conozco casos de quienes lo han intentado. Venden todo y se van. Los que consiguen acoplarse se convierten en adictos a Globovisión, y se alegran si  logran cobrar su pensión en euros. Hay otros que han durado 4 meses.  Regresan a Venezuela desilusionados de tanto orden, de tanto frío, de que el pueblo que dejaron ya no existiera y que la casa familiar tampoco o quedara convertida en monte y escombros. Cansados de que sus propios hermanos los vean y traten como a un extranjero. Vuelven a su ferretería, su panadería, su abasto, su tasca, su tienda, su vivero, su taller, a su negocio, pues, y a refunfuñar porque: “este país no hay quién lo aguante, pero es también mi casa y aquí me quedo”.

Ps: El soundtrack perfecto para este post es la noventosa canción de Franco de Vita: "Extranjero" 





8 comentarios:

  1. increíble... pero ¡¡¡qué cierto!!! cuántos padres de amigos conocemos que se han quedado?? cuántos conocemos que se han devuelto con el alma rota, a pesar de que lo que han hecho es regresar a su verdadero país... y, el sentimiento que me surge es... ¿y yo, cómo me atreví a dejar ese país que ellos tanto aman??? ¿será que en varios años yo tampoco me querré regresar??? ...me duele el alma de solo pensarlo... cómo quiero que te sanes Venezuela...

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  2. ¡¡¡Hola, Bria!!! Mi papá se regresó a Italia, pero conservó su acento venezolano hasta la muerte (excepto que decía cosas como senza zucchero en lugar de sin azúcar). Mi tío Carmelo volvió a Sicilia tres veces, pero no se acostumbraba y terminaba regresando a su sastrería en Bello Monte. No fue sino hasta el cuarto intento que se quedó en su Italia natal, pero es verdad lo que dices: el pueblo ya no le parecía el mismo. los cannoli le sabían diferente y ya no entendía el dialecto que hablaba de niño y de adolescente... Te extrañamos mucho. Un beso, Mariángela

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  3. Hay destierros donde al final la gente no se encuentra aquí ni allá!

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  4. Mi papá era cubano, murió hace mucho, tantos que ya parece un siglo, pero quiso volver a la isla y nunca pudo por el régimen reinante, ahora soy yo la del exilio en Panamá, añorando mis cocosettes y torontos, y espero poder regresar porque no me gusta este pueblo, nunca me gustará porque siempre me recuerdan que no soy de aquí

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  5. Recuerdo a Pepe, mi tío italiano: "Esos culos de negras (dicho con cariño ...¡y ganas! -que conste- no los encuentro en Calabria"

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    1. Jaja. También lo he escuchado. Gracias por pasar por aquí

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