jueves, 21 de noviembre de 2013

Irse y volver (segunda parte)

Diciembre del año 2010

Revisas la fecha del pasaje veinte veces. También miras la caducidad de tu pasaporte. Buscas la cartera olvidada donde tienes la cédula venezolana, la licencia de conducir, el viejo aparato de telefonía (al que ahora le dices móvil y te cuesta llamarlo celular). Confirmas que siguen ahí unos pocos bolívares que guardaste para el taxi de Maiquetía y que no sabes si te van a alcanzar.

Llega el día y estás ilusionado. Ver a la familia. Sacudirte el frío. Abrazar, abrazar, abrazar. Abrazos de verdad. En el vuelo piensas en todo lo que quieres hacer, en todo lo que te apetece comer, en las visitas, en las playas. Antes de aterrizar ves el mar. Respiras. Inhalas. Exhalas. Un pelín de taquicardia y tal. Te preparas para el funcionario de migración. Haces la fila y te llevas la primera sorpresa. Pendones enormes con la cara del presidente. El eslogan político de turno. Tratas de obviar el detalle, pero piensas: “en ningún otro aeropuerto he visto tal cosa”.  Recoges tu maleta. Ves el sol. Sientes el sol. Ahí están los amigos, esperándote (para ver a la familia, en mi caso, faltan otros 700 kilómetros). Abrazas. Ríes. Te sorprende ver a los amigos bebiendo mientras conducen y con una cava llena de alcohol. “Qué ridícula”, te dices. “¡Tú lo hacías, no te hagas la civilizada ahora!”.  Pasas con ansiedad  el cinturón de miseria de  la Caracas-La Guaira pensando: “que las curvas se acaben pronto, que se vea la Fajardo, la ciudad”. Reencuentro con  motorizados sin ley.

Ves el triángulo de Parque Central, Jardín Botánico y UCV. Te sorprende cierto verdor. Te saluda El Ávila. Los panas te comentan que tienes un acento raro. Supones que se pasará con los días. Empiezas el proceso mental de cambiar los tiempos verbales. Intentas decir computadora y carro. Visitas las redacciones como una manera de ver a los amigos de una sola vez en un mismo sitio. Te agrada el trato cercano de ex compañeros. La familiaridad.Te sorprendes de la jerga periodística que has dejado de usar, que llamas ahora de otra manera.  Caracas no es una ciudad amable para cerrar encuentros, así que ir a los periódicos es una manera de ver a la mayor cantidad de afectos posible en  poco tiempo. Si acaso una quedada en El León, para recordar tiempos estudiantiles y de bajo presupuesto.

En las calles notas la importancia que se le da al teléfono que tienes, a la estética (cada quien a su manera), a la moda. Te sorprenden la radio, la música, los locutores. El habla de los políticos. La hostilidad del tráfico. El caos en que se ha convertido el Metro. Te acuerdas de los recorridos, las líneas, las estaciones. Constatas lo irascible que está la gente. Vas a hacer trámites y la burocracia te aburre. Una fila tras otra. Personas que no se conocen y se cuentan  la vida en cinco minutos y tú sin querer hablar con nadie. Oyendo todo. “¡Qué cotilla te has vuelto, mija!”, piensas.

A tu casa vas de sorpresa. Has dicho a tus padres que pasarás las navidades en París con un grupo del postgrado. Los amigos en Madrid advierten que es peligroso, que les avise, que están mayores, que les puede dar algo. Accedo y le cuento solo a mi padre. Se siente cómplice. Me llama a Caracas y grita con un impostado acento francés: “¿Qué tal la torre Eiffel?”. Y yo: “papá, llegó en el vuelo de las 3. Voy en taxi a la casa”. En el avión que va a Puerto Ordaz  coincido con un amigo del colegio. Nos emocionamos.Sus padres me llevan. “Papá, ábreme, estoy afuera”. Él: “Si, claro. ¡Mañana es la reunión, cómo no!”. Encompinchados. Me abre. Abrazo apretado. Yo grito en La Gonzalera: “Buenas, buenas, qué bella la navidad en este hogar”. Mi madre servía un café. Se le cayó la taza al suelo y me gritó: “¡pero qué muchachita tan impertinente, vale!”. Abrazo. Lágrimas. Risas. La abuela ciega diciendo: “Me parece haber oído a la negrita. ¿Es ella?”  y tú cantarle como siempre la canción de Heidi: “Abuelita, dime tú, ¿qué sonidos son los que oigo yo?”. Navidades de gaitas, comilonas, río, amigas de la infancia, misa de aguinaldos. Amanecer gaitero. Cuñas de navidad de la televisión local. Poco internet. El río Caroní. Largas conversas con los padres. Días enteros en pijamas. El cariño de las tías. Risas con los herman@s. Confirmar que el sobrino está cambiando la voz. Los recuerdos con los primos. Responder las preguntas obligadas sobre España. 


Volver de visita es sorpresa, gusto, decepción, descubrir que una parte de ti ha cambiado, que rechaza cosas de la cotidianidad del país, sentir que no entiendes ni la escasez, ni la inflación, ni la delincuencia, ni al gobierno, ni a la oposición. Callarlo para no herir. Confirmar que hay otro lado que sigue intacto, queriendo ir a la playa, bailar salsa y pedirse una reina con todo.



23 comentarios:

  1. Has hecho que se me pongan los pelos de punta! gracias! :)

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  2. La historia de mi vida jejeje Có algunos matices

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  3. Que bonito hace casi 7 años que deje atrás mi querida Venezuela, buscando, tranquilidad y seguridad para mi familia, lo logre pero duele, duele mucho al recordar, y se siente ese inmenso deseo de volver algún día, y poder enseñarle a mis hijas el hogar tan lindo donde crecí

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  4. Impresionante. .. es realmente lo q sentimos cuando llegamos a maiquetia. ..

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  5. Asi es! sentimientos encontrados...gracias por compartir!

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    1. caray eso es lo que siento siempre que vaina, lo malo es que cada ves es mas distante la diferencia. lastima

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  6. Y yo que tengo 12 años sin ir que me dirían que soy un extranjero en mi propio pais.:-(

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  7. Que bonito y cuanta verdad tiene tu relato!!!

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    1. ¡Gracias Mila! Si quieres revisa los post anteriores. Hay otros relatos que te podrían interesar. Saludos

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  8. Completamente de acuerdo con tu relato y todo ese torbellino de sentimientos y experiencias, el mundo que dejaste y el mundo que encuentras, en esa turbulencia estoy ahora yo, vine a pasar las navidades con mi mami y mis amigos, Hay las navidades esas que tanto añoraba en la distancia, 12 años fuera, pero tortazo ya tenemos las primeras decepciones, no todo es igual. Cuanto extraño nuestra Venezuela de unión y calor humano. :( Un saludo

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    1. ¡Gracias por tus comentarios! Come muchas hallacas y abraza mucho a la familia. :) Saludos

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  9. que belleza!!! mismas sensaciones

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  10. incríble pero así me pasó a mi...entre el 26 de enero y el 16 de febrero de este año...uyyyyyy que cambios! que alegría ver a mi gente...que decepción ver lo que pasa mi gente!!! cuátas esperanzas y ansiedad de ver ver mi escuela,mi antigua casa...madre...casi me muero! sustos,tiros,colas...miedo!!!...de 45 días,me quedé 20...no pude seguir allí! y salir fué un horror...en Maiquetía,los soldados,milicias y policias ...todos aprovechandose para pedir,sacar o desaparecer tus compras!!! nada...que se sigue amando lo que dejamos pero que es terrible volver...hemos cambiado el chip...aquí y allá!

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  11. Con seguridad, pero sin trabajo, pagando impuestos casi hasta x respirar y sin ingresos, viendo el panorama y dandote cuenta q a la gente no la mata el delincuente sino el marido o la hipoteca... También es complicado estar fuera, en muchos casos con los afectos famiares y los de tu entorno más cercanos a miles de kilómetros, te lleva más q a acostumbrarte a resignarte, si en Venezuela la verdad es q hay muchas cosas q cambiar, pero si no comenzamos nunca y x el contrario nos quedamos viendolas venir, jodido lo tenemos...

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    1. Gracias por tu aportación. Creo que nunca he dicho en el blog que estar fuera sea fácil. Estoy de acuerdo contigo en que la transformación y los cambios positivos en Venezuela deben empezar desde dentro y pronto. Saludos. B.

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  12. Prácticamente mis ojos se llenaron de lagrimas, son casi 10 años sin ir a mi pueblo a Santa Elena de Uairen!!!, como lo extraño, cuando cierro los ojos y pienso en estar en casa, siempre inconscientemente, viene a mi cabeza el pensamiento de mi casa en Santa Elena, el olor de la tierra mojada cuando llovía días y días seguidos, los gritos de mi abuela llamándome para que comamos, los pies llenos de esa tierra amarilla que tanto odiaba y que ahora deseo que manchen mis pies, aquella mata de guayaba que mas de una vez me dio de merendar, las mañana soleadas que traían una neblina refrescante y algo que nunca se borrara de mi mente... noches cerradas que lo único que se veía era los cocuyos, era como un millón de luces pequeñas, ¿Quién de los que ha nacido en este país ha visto tal espectáculo de esos bichitos con culo brillante? , seguramente NADIE. Quizás vuelva, no se aun cuando. De lo que si estoy segura es de que nunca me olvidare de mi tierra.

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  13. Hace, unas semanas, fui 15 días, después de 6 años, y me he identificado en todo, leía, sonreía y me entristecía comprobar que es cierta cada palabra. Y si te callas mil cosas, para no herir, y lo que más duele, es que ahora eres es un extranjero en tu propio país, pero así es la vida. Solo la familia sincera, te hace sentir en casa, y contacto con tu yo interior, y lo más hermoso que llevamos dentro. Gracias.

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    1. ¡Gracias Andrea! Es así, sentimos muchas cosas al volver. Un saludo

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  14. Conocí a Ciudad Guayana y tu precioso Puerto Ordaz en 1992. Estaba en vacaciones de la universidad y aproveché de irme con una compañera de estudios que es de allí. Recuerdo que se transmitían las Olimpiadas Barcelona 92 y el entonces príncipe Felipe iba de guapísimo abanderado. Pero sobre todo, recuerdo que me enamoré de tu ciudad, moderna, espaciosa, limpia y segura. Mi favorita siempre ha sido Maracay, por lo verde y por el tiempo que he pasado allí, aunque soy valenciana, pero Puerto Ordaz tiene un lugar especial en mi corazón y en mi memoria.

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  15. Bria, siempre encantada de leerte. No conocía tu blog. Así, tal cual lo describes me imagino mi “vuelta a la patria”. Al final, creo que los que nos fuimos no terminamos siendo ni de aquí ni de allá. Un abrazo

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  16. Te quiero negra bella. Qué sabroso ese encuentro, siempre es de esa manera. Así siente uno a los suyos

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