viernes, 15 de noviembre de 2013

Una bonita tregua (no me lo gané, pero cuánto gocé)


Confieso que llevo semanas peleada con Venezuela, con el país, con el gentilicio. Ando con un “estonopuedeser” en la boca todo el rato. De repente, recuerdo clases de Historia y de Periodismo. Me viene a la mente la frase de Uslar de “sembrar el petróleo” y que ahora veo que lo que se ha sembrado es ganas de tener un TV de plasma grandote porque, de lo contrario: “no estás en nada”. Las cosas que están pasando me resultan tan ominosas, tan fatídicas que a veces siento que me ahogo con solo leerlas en twitter. Sobrará quien me invite a vivirlo en directo, a que vaya para allá y  vea que el mango verde sí que mancha de verdad.

Lo cierto es que esta riña interna ayer tuvo una tregua, un receso, un amago de reconciliación, como un besito en la mejilla para ver si es que nos queremos, pues. Este arrebato de esperanza ocurrió en la entrega de los premios Yo soy venezolano, una iniciativa de la revista del mismo nombre para incentivar al talento de los paisanos residentes en España. No había más de 250 personas en aquélla sala. Un pequeño escenario, una pantalla para proyectar vídeos e instrumentos musicales: cuatro, una caja y tambores.

Si en RCTV hubieran sabido el talento de Noé Pernía como presentador, no lo hubieran lanzado a las fauces de la fuente de sucesos. Hubiera ido directo a ser la imagen de los premios Ronda, el Meridiano de Oro o el 2 de Oro (¡ha rodado mi cédula). Lo cierto es que Pernía hizo las veces de Gilberto Correa, entre chanzas y risas, sacó sus gafas de presbicia para leer quiénes eran los nominados y los ganadores. En los micrófonos le acompañó a ratos Ivonne Reyes, madrina del evento. Ambos  hablaron las causas benéficas vinculadas al galardón: ayuda a un comedor social en Madrid y apoyo económico a una escuela en mi natal Ciudad Guayana.

Entre premio y premio hubo un bálsamo musical, mejor dicho, un masaje. Subidón con los tambores de Carlos Talez. Barlovento, Barlovento, tierra ardiente y del tambor. Y esas nalgas despegándose de la silla porque no saben estar quietas cuando oyen aquello.  Esa percusión que pone a las caderas a moverse en automático. Un intérprete novel llamado Aaron Avanish, que entre canción y canción contó sus aventuras como inmigrante. “Digo que soy venezolano y en seguida asumen que bailo buenísimo… Yo no sé bailar”. Salieron las risas. Actuó Sananda, una chica con nombre de diosa hindú,  voz preciosa y mucha presencia en escena que, con sus c y sus z castizas, es venezolana, pero se vino a España cuando era niña. Futuro promisor para ella. El cierre del trío Los Ángeles fue estelar, cantó un Alma Llanera fantástica que hizo vibrar al auditorio.

No faltó la tarta de Teresita Chuecos para endulzarnos el momento. Era de parchita y ese sabor me llevó directo a mi casa en Puerto Ordaz y a los jugos (zumos) que me hacía mi madre antes de ir al colegio. En definitiva, este breve rato me hizo pensar en que hay talento, que no todo puede ser malo, que a un lado y otro del océano hay gestos, deseos, sueños de personas que buscan que esa tierra sea mejor, digna de vivir, digna de querer.

PS: Tengo que añadir que estaba nominada en la categoría de  comunicador social del año y AGRADEZCO a todos los que se tomaron un tiempo para votar por mí. Con eso ya gané.  Gracias. (Para los que pregunten,  el premio lo ha obtenido el periodista José Puglisi)





2 comentarios:

  1. Será que hay que irse otro ratico fuera para reconciliarse con el gentilicio? :( Pero ni pasaje se consigue!!!

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  2. Nunca he probado una tarta de parchita. Eso tiene que estar fenomenal...

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