jueves, 12 de diciembre de 2013

Irse y volver (tercera y última parte)

Dedicado a  quienes he despedido en Barajas
 y me han dejado "herencias" a última hora 
 para no pagar sobrepeso en la aerolínea 
  



 Lloradera, rabia, impotencia, animadversión, frustración. Esas son las palabras que más me repitieron los amigos y conocidos a quienes  pregunté por vocablos que definieran su regreso (“definitivo”) a Venezuela después de vivir en el exterior.


A lo largo de cuatro años he visto pasar por Madrid a por lo menos dos decenas de venezolanos que se vinieron a estudiar con beca o sin ella. Unos tenían claro que era algo temporal y gozaron su estadía como si se tratara de unas vacaciones largas en Europa. Viajaron, fueron a conciertos, tuvieron romances furtivos, rompieron corazones. Otros alojaban la esperanza de conseguir trabajo y, quizá, empezar una vida por aquí. Alguno lo logró, pero  90% ha vuelto. Por fortuna, todos han conseguido trabajo en su área al poco tiempo de regresar.  Un grupo selecto ha escapado de Caracas y se ha refugiado en la provincia en busca de calma, pensando que “con un postgrado en España en el CV a lo mejor el salario se incrementa”.


Todos confiesan su impacto ante la crudeza y rudeza de los cambios tan drásticos que se producen en el país en cuestión de meses. El choque inicial de reencontrarte con los pasillos infames de la burocracia, las matracas para todo, el caos del tráfico, que comprar un vehículo sea una tortura, que falle el servicio eléctrico, que hacer la compra se convierta en un tour por supermercados y un duelo cuerpo a cuerpo con otros consumidores.

 También admiten que el horror de la inseguridad siempre les acompañó como un zumbido. Que caminando por las noches madrileñas miraban a los lados y que al volver se dieron cuenta de que ese miedo sigue ahí y también la manera de afrontarlo: sube el vidrio, agarra la cartera, ten un teléfono barato por si te roban.


Tragedias cotidianas aparte, volver también es reconciliarse con el sol, con el mar, volver a ver a los panas cuando hay tiempo y sentir el calor familiar que antes solo disfrutabas a través de las redes sociales.


El regreso, me dicen, implica buscar ímpetu para volver a empezar. Hacer la planificación de por dónde arma de nuevo el rompecabezas. Qué metas me trazo, con qué causa me involucro, qué quiero hacer. En otros casos ni siquiera es un nuevo comienzo sino un “mientrastanto”, mientras diseño otro plan B, “mientras busco para dónde irme porque aquí no se puede vivir, ni tener hijos, ni pensar en futuro”, me dijo uno.


 A todos los que han vuelto, por la razón que sea, les pido paciencia con el país, sosiego. Sé que no es fácil. Lo leo en los medios, lo palpo en los visitantes y a través del teléfono cuando hablo con mi familia. Sin embargo, volver no siempre tiene que ser como el tango de Gardel. Habrá que ponerle sazón, aceptar el reajuste y reinventarse porque, dicen los entendidos, que de eso va la vida.



3 comentarios:

  1. si me tocara volver en estos momentos, me lanzo de la pila 21 del puente sobre el Lago, no mana no hay nada que hacer, más con la intolerancia que se ha acentuado

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  2. Uffff se quisiera regresar! Esa es la verdad todos queremos ir a nuestra Venezuela, pero tal y como se presenta la situación,es complicado todo:economia,buscar empleos, alimentación, seguridad y otros factores que ha muchos se nos hace dificil pensar en un retorno. Una lastima porque nuestro pais tiene un potencia en todos los sentidos.

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  3. A veces me siento rara por nunca haber tenido esa necesidad de volver a Venezuela, por no sentirme como la mayoría de mis compatriotas que también se han ido. Quiero a mi país natal, nunca he dejado de quererlo y nunca dejaré de quererlo, pero nunca he sentido que mi vida está incompleta por no estar allí. Muchos venezolanos no entenderían esto, pero yo siempre he sido así, un poco atípica para todo. Llevo ya casi 17 años en España, y si el día de mañana tuviera que irme a otro país por voluntad propia, creo que tampoco la echaría de menos y tampoco dejaría de quererla. Es un poco como el primer amor: nunca he dejado de quererlo, nunca lo he olvidado, pero sé vivir sin él perfectamente. Y siempre le deseo lo mejor, igual que a Venezuela.

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