sábado, 14 de junio de 2014

Un calor de otro mundo


Briamel González Zambrano

En una semana es la llegada oficial del verano, pero créanme, el calor ya lo cubre todo. Derrite bombones y pinturas de labio. La ropa ya dura solo un par de horas en el tendedero y se queda tiesa, casi planchada.  Como saben,  soy de Puerto Ordaz, una ciudad con temperatura media de 32 grados todo el año y 60% de humedad.  Sin embargo, quien no ha vivido los meses de julio y agosto en Madrid no sabe nada. No ha visto llaga honda, como dicen en el llano.  Es un calor bíblico, infernal. Ni un maracucho ni un guayanés lo pueden soportar con serenidad.  

Un profesor de la Complutense me oyó un día de diciembre quejándome del frío y me dijo: “En esta ciudad hay solo dos estaciones: invierno e infierno.  Te acordarás de mí”. No le hice mucho caso. Ingenuamente pensé en mi primer año aquí que podría usar mi ropa de Venezuela durante los meses de calor. ¿Total? En Caracas uno se viste ligero salvo algunos días de enero. Sin embargo, llegó ese primer estío y recordé al profesor.  Nada de ropa venezolana, mija.  A comprar un poquito de indumentaria de telas más frescas, zapatos muy abiertos y adiós a los jeans porque no hay quien se los ponga.

Es un bochorno que agota, que alela, que te secuestra las fuerzas. Madrid tiene la mitad de coches, la mitad de almas, la mitad de casi todo y el triple de temperatura.  La ciudad se paraliza. Hasta los animales del zoo pierden gracia porque los pobres están extenuados del vapor. La Plaza Mayor se vacía. Todo lo importante se  suspende hasta septiembre. Las chicas empiezan a lucir unos pantalones cortísimos, enseñando media nalga en muchos casos. Siempre pienso que con eso no podrían salir a la calle en Venezuela dado el agobio que producen los piropeadores. Aquí van campantes.

Al trabajo también se va con ropa fresca claro. Lo contradictorio es que en las oficinas, en el metro y en las autobuses está puesto el aire acondicionado, que da mucho gusto, pero que te quedas frío al rato. Bajas a la calle y otra vez el vaporón. Así que uno se la pasa en esos extremos. Bebiendo agua y queriendo ducharse 4 veces al día.

Lo que llevo peor son los hedores y los sudores.  Lo primero hasta me puede producir arcadas, tengo testigos. Lo otro llega a términos insólitos. Con este calorón las glándulas sudoríparas trabajan en zonas increíbles. Vamos, que sudas partes que no sabías que sudaban: los codos, las ojeras, las corvas (detrás de las rodillas), los muslos , entre los dedos de los pies y todo a chorros.

Me da risa cuando la gente me dice que por qué me quejo del calor si vengo del Caribe. Y yo respondo: “Aquello es un calor amable, esto para mí es una sensación desconocida,  un calor de otro mundo”. 




6 comentarios:

  1. Bueno amiga yo también pensaba que conocía el calor hasta que llegue aqui a Guayaquil, un día normal tienes 35 grados todo el año jajajajajaj que horror...nos ves cabelleras largas en la calle puros moñitos o cebollitas, y muchas caras como chuletas brillantes del caloron jajajajajaj

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  2. Pero si 40 grados es normal, de que te quejais, jajajajajajajajajajaja.

    En el Zulia es igual toooooooooooodo el año, así que no me afectaría, jajajajajajaja

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  3. Acabo de leer esto justo saliendo de algo que llaman "terral" aquí en Málaga. Te aseguro, es infernal. Muy buena tu descripción madrileña.

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    1. ¡Gracias por pasarte por La Rorra! Un saludo desde Madrid

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  4. Llegué a España para quedarme a principios de septiembre (había estado antes en pleno otoño) y el calor era bestial. Y como a tí, me decían lo mismo, que seguro que en Venezuela hacía más calor, que tenía que estar acostumbrada. La verdad es que yo nunca he aguantado bien el calor, allí tampoco, pero es que lo de aquí no tenía ni tiene nombre. Perdimos un disco duro del ordenador por las altas temperaturas, no te digo más...

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