jueves, 2 de octubre de 2014

Y otra vez la muerte…

Briamel González Zambrano

Iba caminando con un compañero de trabajo muy cerca de la oficina la semana pasada. De repente vimos a muchos policías en una calle muy transitada. Él pensó que se trataba de un control de alcoholemia, pero eran las 8 am en un polígono industrial madrileño, así que su versión a mí no me cuadró. Al acercarnos, observamos que había una parte acordonada por cinta amarilla y en el suelo un cuerpo sin vida cubierto totalmente con una suerte de papel de aluminio dorado y a pocos metros una moto destrozada.  Quise caminar para hablar con la policía. Mi compañero, a quien se le han muerto varios  amigos en accidentes de moto, aligeró el paso. Me dijo:“Yo esto no lo puedo ni ver”. Y yo queriendo saber más, la edad, ocupación, el motivo del siniestro, se me salió lo reportera por unos segundos, pero seguí andando a mi trabajo. 

Al día siguiente el poste cercano al accidente estaba lleno de ramos de flores e incluso vi colgado un casco de motorista que, aún hoy una semana después, permanece en el lugar junto con rosas y dedicatorias (ver foto). Aquello me llamó la atención. Me pareció muy curioso. Tuve un pensamiento ilógico, inútil, casi macabro: “Si en Venezuela cada lugar de un accidente de moto o de un asesinato estuviera lleno de flores (como en efecto pasa en muchas carreteras) …No habría suficientes caléndulas para quienes pasan por todas las morgues del país. Habría auténticas ciudades-jardin”,  me dije. Ya sé que imaginar aquello fue un ejercicio ilógico, pero eran las 8 am y no había desayunado y me sorprendió esa estampa de las margaritas para el motorizado.

Hoy Venezuela está conmocionada por la muerte de un joven diputado asesinado en su casa con 36 puñaladas, según los reportes. Otras 5 le dieron a su compañera. Un crimen horrendo, monstruoso, turbio. El poder promete justicia. Los venezolanos (los que viven allí y los que nos hemos ido)  la queremos, pero nos seguimos preguntando cuándo llegará.  El derecho a la vida, el fundamental, se vulnera con impunidad. He vuelto a pensar en las flores. El dolor de todas las madres que vi llorando en las morgues cuando me tocó ir. Todas las familias que quedan mutiladas. Un daño irreversible. Incurable. Ninguna ofrenda, ni todos los lirios, crisantemos, gladiolos o azucenas podrán sanar tanto sufrimiento.

Lo he dicho otras veces. No quiero seguir explicando cómo es eso que en mi país asesinan a un parlamentario y a su mujer dentro de su casa, o a una actriz en una carretera, o al hijo del zapatero que van en el autobús y no quiso entregar su teléfono a los ladrones. Esto tiene que parar por el bien de todos y no quedarse en promesas electorales, ni planes de seguridad con nombres cursis y rimbombantes. Que pare. Que pare ya para que los padres puedan dormir tranquilos y para que la caída de la tarde no sea una alerta de que debes estar en casa y que a lo mejor ahí tampoco estarás a salvo.




4 comentarios:

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  2. :( Asi quede después de leer tan buen articulo. Pero también pensando en ¿qué pasa en el mundo?, ¿ se esta convirtiendo este planeta en una carnicería humana?.
    ¿Sera que los modelos económicos actuales están descontextualizados para la verdadera realidad social?

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  3. Si, que pare, pero fíjate los años que la cosa está igual, mas bien en lugar de reducirse el crimen, cada día aumenta mas, hay mas muertos, a veces me censuro a mi mismo pensando que llegará un momento que solo quedarán malandros y policías y se tendrán que matar entre ellos... :(

    Besos y salud

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  4. Que pare... que pare ya... no hay otra solución...

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