viernes, 24 de abril de 2015

Homenaje

                   
                     Briamel González Zambrano


Acabo de estar en Venezuela. No les hablaré de lo ya conocido por todos: la  inseguridad y la hiperinflación que resulta incomprensible e inexplicable para alguien que se ha ido del país hace años. De todo eso que nos preocupa mucho, no me centraré en este post. No esta vez.

Sí les contaré sobre algo hermoso que me pasa cada vez que voy y que se resume en una palabra: reencuentro. El más obvio e inmediato es el de la familia que te espera con ansias en el aeropuerto. La madre que prepara los platos favoritos, que consigue el Toddy así esté escaso. Que improvisa reuniones y junta a muchos de sus miembros para reír, contar chistes, cantar y tocar el cuatro. El padre que te habla de Historia de Venezuela como cuando eras chiquita. Escuchar la música con la que has crecido. Reiterar que las letras siguen guardadas en tu cerebro. Oír la radio regional y constatar que están como atrapadas en el tiempo. Que “Abismo del corazón” y “Selva”  de Elisa Rego parece que fueran un estreno de este año porque las repiten sin cesar.

La otra reunión ineludible es la de mis amigos del colegio. Una vez un jefe me dijo: “¿Todavía te ves con tus amigos del colegio y de la universidad? ¡Eres una nostálgica!”. Yo me quedé sin comprender su comentario. Hasta que me di cuenta de que mucha gente termina sus estudios y nunca más tiene contacto con sus condiscípulos. No es mi caso, claro está. Mis panas del colegio están desde que pisamos el preescolar, nos graduamos de bachillerato y muchos nos fuimos a setecientos kilómetros de nuestras casas, a Caracas para cursar estudios superiores.  Además mis amigos de la universidad siguen tan presentes en mi vida que son parte de mi familia en Madrid y alrededor del mundo.

Con los años he aprendido que es una suerte seguir riendo con la misma gente con la que lo hacías cuando tenías dientes de leche, cuando hiciste la Comunión, con quienes te fuiste de campamento, con quienes compartes los recuerdos de la infancia, las fotos de permanente y ortodoncia de la adolescencia, las imágenes del cambio de peso de todos y la calvicie incipiente de los varones. Guardas los videos de sus bodas, los recuerditos del nacimiento de sus hijos y las alegrías de encontrarnos en diferentes ciudades y países, o siempre en diciembre en nuestra ciudad. Con ellos vives la magia de pasar años sin verte y que al hacerlo se empiece una conversación que se extiende durante horas sin parar.

Probablemente lo que describo no es universal o no le pasa a un alto porcentaje de personas.  En particular me siento muy afortunada de recibir sus abrazos, sus correos, sus fotos, sus llamadas y sus visitas a mi casa apenas aterrizo en Puerto Ordaz. Y que además llamen a mis padres durante mi ausencia e intercambien mensajes de cariño, incluso que vayan a los funerales de tus familiares porque ellos son eso, la familia escogida. Dispensen lo cursi, solo pasaba por aquí para agradecer por tanto. Si el lector ha llegado hasta aquí y tiene amigos del colegio aún en su radar, cierre los ojos y ría con esos recuerdos. Son invaluables.

4 comentarios:

  1. Si, son invaluables, y no, no eres cursi, sensible si, como tiene que ser creo yo, la gente se separa, la vida nos distancia, pero quedan los recuerdos que hacen que cuando volvamos a ver a los nuestros, pareciera como que el tiempo no ha pasado, a pesar de las calvorotas y de las arrugas, de las barriguitas cerveceras...
    Besos y salud

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  2. Bria esa nostalgia la llevamos todos los de la diáspora venezolana en el mundo, te acompaño igual por ese recorrido

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  3. Bello Bria, es Yeli con el perfil de Carlos... ya sabes de compus compartidas

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