jueves, 19 de enero de 2017

Un inesperado cambio de planes

Briamel González Zambrano

“Gorgojos, gorgojos. En esta casa lo que hay es gorgojos en todos los gabinetes de la cocina y  por todos lados”,  me contaba y mostraba por Skype mi amiga María que fue desde Francia a Venezuela a visitar a sus padres hace un par de años. Lo decía riendo resignada al constatar la vejez de sus progenitores, la merma en sus facultades, el cambio patente de su casa familiar.

Aquel viaje tuvo intenciones exploratorias. Fue a comprobar el estado físico de sus familiares para luego convocar una reunión con sus tres hermanos (que tampoco viven en Venezuela) y determinar el destino de los papás. Esos señores, que soñaron con una vejez abandonando Caracas y viviendo frente a las olas de su apartamento en Margarita, ahora se encontraban septuagenarios, sin hijos ni nietos que los visitaran los fines de semana y con el único divertimento de verlos crecer a través de las redes sociales.

Después de conversaciones, charlas con abogados y averiguaciones, ganó la opción de que se vinieran a España con uno de sus hijos que está residenciado en Galicia. Al principio se resistieron, pero luego, dadas las circunstancias de Venezuela,  no tuvieron más remedio que venderlo todo, empacar su vida y venir a un país que solo conocían de los libros, las películas y de sus breves vacaciones. No ha sido fácil para mi amiga y sus hermanos esta nueva etapa.  Deben afrontar las manías de los papás, sus achaques, verles quejarse del frío del invierno, del calor del verano, de que no entienden el vocabulario, de que quieren hablar hasta con las piedras en la cola del supermercado, de que no se acostumbran a que todo se hace caminando o en transporte público y además estar pendiente de su salud. Sin embargo, todos se sienten más aliviados al tenerlos cerca y de que sus hijos tengan abuelos presentes y no en fotografías.

En las últimas semanas me he encontrado con distintos amigos (por lo menos cinco) cuyos padres vinieron de visita por navidades. Todos están en la misma disyuntiva que María enfrentó hace un par de años, discutiendo qué hacer, dónde es más conveniente que vivan, sacando de la ecuación económica la pensión de Venezuela o la venta de los inmuebles porque, de momento, nada está claro. He visto a los padres, sin excepción, hablando con desesperación y desesperanza. Con ganas tremendas de dejarlo todo atrás por la simple razón de que sus hijos no están allí y ellos no tienen fuerzas para hacer colas por comida, por medicamentos, por repuestos para sus vehículos y que le tienen terror a un secuestro, a un robo, a la hostilidad en la que están ahora.

Uno de los señores me preguntó cabizbajo en estos días: “¿Qué nos pasó? ¿Cómo nos dejamos arrebatar el país?… No sé, no sé.  ¿Cómo me voy a morir en otro paisaje? Nunca me voy a acostumbrar a este frío ni a ponerme abrigo, pero yo ya poco tengo que vivir y que decidir. Que los muchachos vean qué nos conviene y eso haremos”.  Yo me quedé callada. Como ahora que termino estas líneas en el conticinio de una helada madrileña, pensando en todos los padres de tantos y tantos amigos regados por el mundo. Están solos allí, testigos del derrumbe del país. Esperando que a lo mejor todo cambie o que los vayan a buscar un domingo para tomar un avión y no regresar jamás.



Lectura recomendada:
  "Partir, arraigar, volver a los 80 años" de Lena Yau. 



4 comentarios:

  1. Si, y cada vez es mas difícil vender la casa en dolares y poder sacar la plata del país, en realidad, ya es un verdadero drama que obliga a bastante gente a quedarse, como se suele decir, "como eramos pocos parió la abuela"... :(
    Besos y salud

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  2. Ay Bria, yo te tengo la visión desde la otra acera. La de la que se quedó. Me duele horrores ver a mis tíos y hasta los papás de mis amigos que van envejeciendo aquí solitos porque todos mis primos se fueron. Mi hijo se convirtió en el nieto "del pueblo", porque ninguno de ellos tiene los suyos acá. Casi todos además, se casaron con extranjer@s, lo cual es un indicativo claro de que, aunque las cosas llegaran a cambiar, no volverán. Tengo la certeza de que se morirán bastante solos. Mi familia, ese familión que no cabía en las fotos de los 31 en casa de la abuela (mi papá tenía 7 hermanos, 4 medio hermanos y 4 hermanastros, además del bojote de primos con los que se crío), se desintegró por completo. Y si acaso algunos piensan venir "si fulano se muere". Y yo no puedo evitar preguntarme "si se muere ¿ya pa' qué?".

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    1. Ay Gaby. Me han escrito tantas cosas a raíz de este texto. Todas muy duras y algunas me cuentan esto que me dices. Que sus padres viven solos allí, que no tienen dinero para llevárselos. Que les da terror que se afecte su salud.
      Gracias por siempre leer y comentar. Un beso

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