lunes, 30 de abril de 2018

Secuelas del miedo

                                                                                             "Sin seguridad no hay libertad"


Briamel González Zambrano

Me gusta pensar que he ganado libertad desde que me fui de Venezuela, que ya no temo a las calles solitarias y oscuras. Es cierto. Voy con el móvil por la calle y en el metro. Camino sola de madrugada por la ciudad y uso el transporte público a cualquier hora. A veces, si me apetece, utilizo ciertas prendas y relojes que en Caracas no podía sacar ni del cofre. No tengo miedo de que me puedan matar de un balazo para quitarme las zapatillas de deporte. Las únicas armas que he visto desde que vivo aquí son las de los cuerpos de seguridad del Estado y de ciertos vigilantes (y reconozco que me quedo mirándolas). Todo eso es verdad.

Hay una parte de mí, sin embargo, que lleva  cincelados el miedo, el terror, la violencia. Es un pedacito pequeño, sí, pero ahí está. Es inquietante.

Cuando voy en el coche y veo un motorizado, temo. Si coincido con él en un semáforo y se mete las manos a los bolsillos, pienso que puede sacar un revólver. Me ha pasado ya dos veces. Luego me río, pero es un trauma, desde luego.  El instinto de supervivencia trabajado durante años nos late.

Si en el mismo semáforo alguien pide dinero o quiere limpiar la luna del coche, cierro los seguros y acelero si puedo.

Mi pareja me riñe porque no me gusta pasear de noche por los parques. Lo hago casi como terapia de choque, pero voy con un pelín de miedo. Y él va tan tranquilo y me repite que no va a pasar nada.

A veces abro mi bolso y lo ausculto buscando la billetera, quiero asegurarme de que sigue allí, que nadie se la ha llevado.

Cuando hay fuegos artificiales por alguna festividad, yo tiendo a pensar que pueden ser disparos. Es absurdo, pero en la capital venezolana el sonido de las balas era cotidiano para mí.

Una compañera de trabajo llamó a la oficina hace años para decir que le habían robado la cámara, que estaba en la policía poniendo la denuncia. Yo estaba recién llegada a Madrid y la increpé: "¿Estás bien? ¿Cuántos eran? ¿Arma blanca o de fuego? ¿Alguna herida? ¿Fuiste al hospital?". Todos se rieron. Ella solo tuvo un descuido en el metro y alguien se llevó el aparato. Yo ya me había hecho la película venezolana.

Les cuento todo esto porque esta semana vi a una compañera de aventuras periodísticas que lleva menos de un año en España. Me dijo que aún no se siente capaz de utilizar el teléfono en la calle, que camina viendo para los lados siempre, que a las 7 de la tarde está en casa, que en el metro también permanece atenta.

Yo le digo que se le pasará, que el tiempo hace su trabajo y que todo se olvida, aunque siento que no sea del todo cierto. Sin embargo, deseo que ella y todo el que migre aprenda a saborear la libertad y sepamos todos aplastar los traumas del miedo que nos sembró nuestro violento país. Que aprendamos a ser libres, a cuidarnos razonablemente porque en todos lados hay delincuencia.

Merecemos  vivir sin terror.

Y, desde luego, también deseo que la inseguridad desaparezca en Venezuela y deje de impregnarlo todo. Soy consciente de que esto tomará años.







3 comentarios:

  1. Hija mía, he estado a nada de escribirte a tu correo privado pensando que te había pasado algo porque no actualizabas tu blog...
    Mira, lo peor de lo que cuentas, es que hay muchos venezolanos (generaciones más recientes) que no han conocido otra Venezuela que esa que describes. Miles de venezolanos que no saben (y no se creen) que en Venezuela alguna vez también podíamos caminar por las calles tan tranquilos, sin temor a un asalto, a un secuestro, a un homicidio...

    Cuando estuve en tu preciosa Puerto Ordaz, en 1992, caminábamos 3 chicas jóvenes por sus amplias avenidas a las 12 de la medianoche, solas (mi compañera de estudios, su hermana y yo) y hasta se detuvo un coche conducido por un gentil caballero que nos preguntó amablemente y sin segundas, si queríamos que nos acercara a algún sitio. Cuando le dijimos que no y le dimos las gracias, simplemente nos dio las buenas noches, nos dijo que fuéramos con cuidado y se despidió con la misma amabilidad. Esa es la Venezuela que conocí y la que echo de menos. La de los venezolanos amables y educados, la Venezuela segura y acogedora.
    Espero que España se mantenga así por mucho tiempo.
    Un placer seguir leyéndote :)

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  2. A veces pienso que seria imposible vivir allá como vivo aquí, solo, en medio del campo...
    Pues no es ningún consuelo, pero las cosas están peor de como estaban cuando estabas allá, por lo que me cuenta mu gente que siguen allá, aunque parezca mentira, pero menos mal que ya el mes que viene estarán aquí... :)
    Besos y salud

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  3. Es tal cual lo describes. En India los motoristas usan pañuelo para cubrir sus rostros y hasta los puedes ver con pasamontañas, todo por protegerse de la alta contaminación. Y yo, cada vez que me pasaban cerca, me sobresaltaba. Y así durante varios años. Aún de vez en cuando aquí en Madrid camino por algún sitio medio solitario y oigo algunos pasos detrás de mí, mi corazón se sobresalta. Ya es cada vez menos, pero inevitablemente mi mente me lleva a Venezuela y pido por aquellos que si viven esa situación de verdad y en una mucho más dura realidad, que no les pase nada, que al menos respeten su integridad y sus vidas.

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